jueves, 25 de octubre de 2012

LA MUSICA NO ES SOLO UNA DEFINICION

JUEVES 25 DE OCTUBRE DE 2012

CAPÍTULO I
¿QUÉ ES LA MÚSICA?
A primera vista parece no sólo obvia, sino aun ociosa tal pregunta. ¿Quién no sabe lo que es música? Y sin embargo, en la realidad, pocos conceptos hay tan cambiantes, tan difusos, tan imprecisos en la mente de la generalidad, como el concepto de música. No sólo entre quienes se acercan al fenómeno musical como simples curiosos o aun como fieles apasionados, sino también entre quienes hacen la música, la interpretan o la enseñan, sucede que el concepto de música no es claro ni uniforme. En efecto, si espigamos entre la multitud de definiciones que de música se han dado, encontraremos conceptos diversos que, coincidiendo en algunos aspectos, difieren y aun se contradicen en otros.

Y sin embargo, es indispensable tener un concepto claro de lo que es música, sin el cual estaremos expuestos a extraviar el camino, a llegar a conclusiones falsas y aun absurdas, o a sostener un diálogo de sordos en el cual nadie entienda a nadie, o, aún peor, nos entendamos sólo a medias, colocando con ello las bases de incomprensiones que pueden producir graves consecuencias en nuestro aprendizaje musical, y en nuestra labor profesional en la música.
Si examinamos diversas definiciones tradicionales de música, encontraremos que en su mayoría contienen elementos de dos categorías totalmente distintas: unos son objetivos, tangibles diríamos, como el sonido, el tiempo; otros son subjetivos, como la emoción producida o el agrado proporcionado al oyente. Ahora bien, un elemento subjetivo no puede nunca servirnos de base para una definición concreta, por razones obvias: lo subjetivo varía de persona a persona, y aún en distintos momentos para la misma persona: lo que hoy nos encanta, tal vez mañana nos deje indiferentes; lo que ayer era incomprensible y tal vez tildado de insensato, hoy parece interesante, y quizá mañana nos arrebate de entusiasmo; y por otra parte lo que a éste le gusta al otro le molesta, o lo que aquel percibe claramente es campo cerrado para el de más allá. Por tanto, si hacemos depender el concepto de música de elementos subjetivos, llegaremos al resultado de que lo que para uno es música, para otro no lo es, o bien que lo que hoy conceptuamos musical, tal vez ayer o mañana no sea estimado como tal.
Es necesario, pues, sujetarse solamente a los elementos objetivos de la música para poder dar de ella una definición, si no completamente escolástica, (por género próximo y diferencia específica), si suficientemente clara y estable para que sirva de base a todos los estudios y esfuerzos que vamos a emprender y que sin esa base estarían condenados a ser vagos, flotantes, infecundos.
El primer elemento que aparece invariablemente en todas las definiciones, y cuya importancia es evidente, es el SONIDO. Es claro que el silencio solo puede tener valor musical como ausencia de sonido, como interrupción momentánea del flujo sonoro: el silencio que precede a una obra musical, o que se produce una vez terminada, no es ya música; las pausas a lo largo del trozo, si forman parte de la música. Por lo tanto, el silencio no es, en si mismo, elemento de la música, y debemos dejarlo fuera de nuestra definición.
Ahora bien, el sonido toma su lugar en el tiempo, de la misma manera que la imagen, un dibujo, por ejemplo, toma su lugar en el espacio. La música es un arte del tiempo o dinámica en contraste con la pintura o la escultura que son artes del espacio, o plásticas. Pero de la misma manera que en una superficie o en un ámbito dados, para que la obra plástica tenga sentido es necesario que exista una distribución congruente de sus elementos, un orden, cualquiera que éste sea, es necesario, en el caso de la música, que los sonidos se produzcan en una forma predeterminada con más o menos precisión, la cual a su vez obedecerá a un orden, una razón de ser, cualquiera que ésta sea. La necesidad de este orden se hace evidente por poco que observemos la realidad: si un grupo de personas habla, canta o grita simultáneamente, pero siguiendo cadla una su impulso momentáneo, sin tener en cuenta lo que los demás hablan, cantan o gritan a su alrededor, es decir, sin guardar orden alguno, el resultado no será musical; pero bastará que esas palabras, voces o gritos sigan una norma para que aquel conjunto se transforme en un coro, y el resultado sea musical. Una orquesta, cuando cada uno de los atrilistas afina su instrumento o practica un pasaje diverso antes de iniciarse el trabajo colectivo, a pesar de que sus elementos sonoros (instrumentos, trozos de la obra, etc.) sean en sí musicales, en conjunto no están haciendo música, pero cuando bajo la batuta del director de acuerdo con la partitura preestablecida por el compositor se producen tal vez los mismos sonidos, pero ya ordenados, si se esta haciendo música.
El segundo elemento que hemos de considerar como indispensable para la existencia de música es el ORDEN, el cual evidentemente, siendo la música, como antes se dijo, un arte del tiempo, tendrá que manifestarse en éste, como sucesión o simultaneidad y como diversas duraciones de los sonidos producidos. No hace falta, pues, mencionar en la definición el tiempo, que ya va implícito en el concepto de sonido.
¿Basta con que exista sonido y que éste siga un orden para que haya música? Tratemos de ver claro en esto mediante algunos ejemplos:
Cuando un grupo de herreros golpea sus yunques en ritmo, o varios leñadores hieren los troncos cadenciosamente con sus hachas, ¿hay música? No, porque aunque se hallan presentes los dos elementos fundamentales de ella, faltan otros dos elementos importantes: en primer lugar, aquellos sonidos no son producidos con intención de sonido y de orden, sino son más bien accidentales, accesorios, producto secundario de otra actividad, ésta plenamente utilitaria, cuyo desarrollo ordenado tiene por causa no la distribución del sonido, sino la efectividad del golpe; en segundo lugar, nada se quiere significar a través del sonido: no hay mensaje ninguno en esa sucesión sonora. Por las mismas razones, no hay, realmente, más música en el canto del ruiseñor que en el ladrido de un perro: el ave canora no tiene intención musical ni, tal vez, transmite ningún mensaje.
Pero ¿es música el sonido producido por un telegrafista cuando maneja su transmisor? Existe sonido, ese sonido está ordenado, y tiene una significación concreta en su ritmo de puntos y rayas. Y más aún, todo lenguaje hablado, que tiene, y más eminentemente, esos elementos, ¿es música? Sí y no. Los elementos de la música, nuevamente, están presentes, y además, existe intención y mensaje; pero el mensaje contenido en uno y otro caso no alcanza la categoría, el tipo necesario para ser considerado mensaje propiamente musical. Más tarde nos referiremos a esto con mayor extensión, baste por Ahora señalar que el mensaje musical debe estar dirigido no preferentemente a nuestra inteligencia razonante, que capta con precisión y lógica implacable, sino a esa región de la mente humana en que las cosas se ven más que se saben, y que por lo tanto ha sido llamada la intuición; dicho en otras palabras, el mensaje contenido ha de ser ARTÍSTICO.
De este análisis, forzosamente somero, podemos desprender un concepto claro y permanente de música; ésta será el resultado del sonido producido con un orden que trata de comunicar un mensaje de categoría artística, o dicho en forma más breve, LA MUSICA ES EL ARTE DEL SONIDO ORDENADO. Cada vez que existan esos tres elementos, habrá música; si falta alguno de ellos, la música no existirá, o existirá solamente en forma rudimentaria. Que esa música nos guste o no, nos conmueva o nos deje fríos, dependerá de nuestra capacidad personal de captar, comprender y asimilar el mensaje contenido en ella, no de su naturaleza musical. Que sea música buena o mala, dependerá fundamentalmente de la calidad del mensaje, de las cualidades del orden preestablecido, y de la efectividad con que ese orden se haya realizado; pero de todas maneras será música, independientemente del agrado o desagrado que en un momento determinado pueda producirnos, o de la valoración —musical o extra musical - que le demos. Porque también vale la pena mencionar, aunque sea de paso, que en muchas ocasiones la conmoción que una obra musical nos produce no depende exclusivamente de sus circunstancias sonoras, y por lo tanto, musicales, sino de las circunstancias en que la escuchamos, de los recuerdos que nos suscita, de las relaciones no musicales que produce en nuestra mente. Es importante señalar, pues, que la música debe ser escuchada y apreciada musicalmente, es decir, por sus elementos de mensaje artístico, sonoridad y orden, y no por significados literarios o pictóricos que se le atribuyan.
Ahora bien, todo mensaje requiere dos personas: quien lo envía y quien lo recibe, y el mensaje musical no está exento de esa necesidad, por lo tanto, si es importante el mensaje en sí y la intención y capacidad de quien lo envía, también lo es la capacidad de quien lo recibe. ¿Cuáles son, pues, las cualidades necesarias para ponerse estrechamente en contacto con la música, sea como creador, como intérprete, y aún como oyente? De la misma definición dada se desprenden:
En primer lugar, si la música es, por su materia prima, sonido, hace falta una capacidad de percepción de éste. Evidentemente un sordo total será incapaz de apreciar la música, y a medida que el oído es más fino, más perfecto, la percepción misma se hará más fácil y más amplia, y por lo tanto será mejor vehículo para la comprensión del orden sonoro y del mensaje implícito. La agudeza auditiva depende, indudablemente, de condiciones orgánicas personales: éste tiene muy clara percepción auditiva, ése la tiene menos clara, y aquél sólo la posee nebulosa; pero es un hecho que todo oído, cuidadosamente entrenado, mejora su capacidad, aunque no alcance tal vez su perfección. La naturaleza y el entrenamiento, pues, se combinan para proporcionar al interesado en música lo que se ha llamado el “oído musical”, que en algunos casos --muy raros — de perfección, alcanza a ser “oído absoluto”, o sea una percepción inmediata del tono del sonido, no por comparación con otro recientemente percibido, sino por la sola audición independiente de ese tono. Si ciertamente ese oído absoluto facilita la percepción, y por lo tanto la comprensión de la música, sin embargo no es indispensable, y basta un buen “oído relativo”, o sea una percepción suficiente de las relaciones entre los sonidos, para ponerse en comunicación con el fenómeno acústico al que llamamos música.
Otra cualidad, igualmente importante, es la memoria auditiva. En efecto, como veremos en su oportunidad, hay combinaciones de Sonidos que se presentan varias veces a lo largo de una obra, y el darse clara cuenta de esa recurrencia y de su manera especial de ser, forma parte importante de la percepci6n del orden del sonido. Quien una vez escuchada una combinación sonora la olvida, y no es capaz de reconocerla cuando se presenta nuevamente, está en la situación de quien ve un programa de TV o una película, y, olvidando el rostro de los distintos personajes, no entiende nada de la trama porque no sabe quién es quién, ni qué relaciones tienen unos con otros. Lo mismo que el oído musical, y en mayor grado que él, la memoria auditiva es susceptible de perfeccionamiento mediante la práctica.
La tercera cualidad es tal vez la más difícil de alcanzar. La música es, indudablemente, la más abstracta de las artes: su misma materia prima, el sonido ordenado, no existe espontáneamente en la naturaleza, sino que es creación absoluta del hombre. Las artes plásticas, visuales, son concretas por lo menos en sus elementos: una escultura representa una figura, un cuadro nos hace ver un paisaje; y aún en el caso de las obras plásticas abstractas, las masas y los vacíos, las líneas y los colores son concretos, poseen una existencia permanente en el tiempo, ocupan un lugar en el espacio, son tangibles por decirlo así. Las artes del tiempo, las artes dinámicas, tienen otra naturaleza: su elemento, el sonido, sólo vive efímeramente en el tiempo y no ocupa lugar en el espacio; hay que asirlo en su pasajera existencia, y conservarlo en la memoria para saborear la obra. En el caso de la literatura, que es también arte dinámica —el texto escrito, como la partitura musical, sólo son “guías” para la reproducción de la obra, que sólo existe, en realidad, mientras es ejecutada— los sonidos que la integran, o sea las palabras, convencionalmente poseen un significado concreto, y ponen en juego, como ya antes se dijo, la inteligencia razonante. En la música ese modo de ser está ausente: los sonidos musicales no significan nada concreto ni convencional por sí mismos —la atribución de tal significado, en cierta forma los “desmusicaliza” convirtiéndolos en palabras—; el mensaje musical está, ya se dijo, en el campo de la intuición, y por lo tanto es abstracto, irreductible a palabras y conceptos lógicos. Si el aficionado a la música carece de una capacidad de abstracción, no podrá ponerse, musicalmente, en contacto con el mensaje: la música propiamente dicha será para él nada más que un telón de fondo sobre el cual su imaginación pictórica o literaria fingirá un mensaje que no está realmente contenido en la música y que no será realmente el mensaje musical, sino un sustituto del mismo, en detrimento del verdadero goce estético musical, que es más profundo. Sirva como ejemplo de esto último el caso de la poesía versificada: las palabras que constituyen el verso tienen en sí mismas su significado, pero si se dijeran en otro orden, sin ritmo ni cadencia, ese significado se empobrecería, aunque siguiera siendo el mismo: es el orden sonoro del verso lo que le da su mayor impacto, o sea que la música implícita en la construcción versificada realza la comunicación puramente intelectual del texto, y quien no es capaz de percibir esa música incipiente, pierde gran parte de la emoción artística contenida en la declamación versificada.
Pero para estar en disposición efectiva de consagrarse a mejorar el oído, la memoria auditiva, y sobre todo la difícil capacidad de abstracción, para emprender fructuosamente la campaña de percepción de la música, es indispensable tener un gran interés por ella. Y dado que el trabajo que se emprende es arduo, ese interés tiene que ser auténtico y grande, y deberá ser un interés musical, es decir, un interés por el sonido, sus combinaciones u ordenamientos, y sus significados abstractos, y no por una historia más o menos extra musical que, con o sin justificación, hayamos agregado a la obra que se escucha. Quien no posee y desarrolla ese interés musical, aunque tenga oído absoluto, memoria elefantina, y capacidad abstracta innatos, nunca llegará a ponerse en contacto, realmente, con la música.
Y es ocioso hacer notar que si estas cualidades son necesarias en quien recibe el mensaje, en quien lo crea —compositor— o en quien lo entrega —intérprete-— son indispensables. Quien no las tenga suficientemente, y peor aún no luche por adquirirlas o acrecentarlas, más vale que se olvide de ser músico

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